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El propósito que
lo guiaba no era imposible, aunque sí
sobrenatural. Quería soñar un hombre:
quería soñarlo con integridad
minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto
mágico había agotado el espacio
entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado
su propio nombre o cualquier rasgo de su vida
anterior, no habría acertado a responder. Le
convenía el templo inhabitado y despedazado,
porque era un mínimo de mundo visible; la
cercanía de los leñadores
también, porque éstos se encargaban
de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y
las frutas de su tributo eran pábulo
suficiente para su cuerpo, consagrado a la
única tarea de dormir y
soñar.
Al principio,
los sueños eran caóticos; poco
después, fueron de naturaleza
dialéctica. El forastero se soñaba en
el centro de un anfiteatro circular que era de
algún modo el templo incendiado: nubes de
alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras
de los últimos pendían a muchos
siglos de distancia y a una altura estelar, pero
eran del todo precisas. El hombre les dictaba
lecciones de anatomía, de
cosmografía, de magia: los rostros
escuchaban con ansiedad y procuraban responder con
entendimiento, como si adivinaran la importancia de
aquel examen, que redimiría a uno de ellos
de su condición de vana apariencia y lo
interpolaría en el mundo real. El hombre, en
el sueño y en la vigilia, consideraba las
respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar
por los impostores, adivinaba en ciertas
perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba
un alma que mereciera participar en el
universo.
A las nueve o diez noches comprendió con
alguna amargura que nada podía esperar de
aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su
doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a
veces, una contradicción razonable. Los
primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto,
no podían ascender a individuos; los
últimos preexistían un poco
más. Una tarde (ahora también las
tardes eran tributarias del sueño, ahora no
velaba sino un par de horas en el amanecer)
licenció para siempre el vasto colegio
ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era
un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a
veces, de rasgos afilados que repetían los
de su soñador. No lo desconcertó por
mucho tiempo la brusca eliminación de los
condiscípulos; su progreso, al cabo de unas
pocas lecciones particulares, pudo maravillar al
maestro. Sin embargo, la catástrofe
sobrevino. El hombre, un día, emergió
del sueño como de un desierto viscoso,
miró la vana luz de la tarde que al pronto
confundió con la aurora y comprendió
que no había soñado. Toda esa noche y
todo el día, la intolerable lucidez del
insomnio se abatió contra él. Quiso
explorar la selva, extenuarse, apenas
alcanzó entre la cicuta unas rachas de
sueño débil, veteadas fugazmente de
visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso
congregar el colegio y apenas hubo articulado unas
breves palabras de exhortación, éste
se deformó, se borró. En la casi
perpetua vigilia, lágrimas de ira le
quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar
la materia incoherente y vertiginosa de que se
componen los sueños es el más arduo
que puede acometer un varón, aunque penetre
todos los enigmas del orden superior y del
inferior: mucho más arduo que tejer una
cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara.
Comprendió que un fracaso inicial era
inevitable. Juró olvidar la enorme
alucinación que lo había desviado al
principio y buscó otro método de
trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes
a la reposición de las fuerzas que
había malgastado el delirio. Abandonó
toda premeditación de soñar y casi
acto continuo logró dormir un trecho
razonable del día. Las raras veces que
soñó durante ese período, no
reparó en los sueños. Para reanudar
la tarea, esperó que el disco de la luna
fuera perfecto. Luego, en la tarde, se
purificó en las aguas del río,
adoró los dioses planetarios,
pronunció las sílabas lícitas
de un nombre poderoso y durmió. Casi
inmediatamente, soñó con un
corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto,
del grandor de un puño cerrado, color
granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin
cara ni sexo; con minucioso amor lo
soñó, durante catorce lúcidas
noches. Cada noche, lo percibía con mayor
evidencia. No lo tocaba: se limitaba a
atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo
con la mirada. Lo percibía, lo vivía,
desde muchas distancias y muchos ángulos. La
noche catorcena rozó la arteria pulmonar con
el índice y luego todo el corazón,
desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo.
Deliberadamente no soñó durante una
noche: luego retomó el corazón,
invocó el nombre de un planeta y
emprendió la visión de otro de los
órganos principales. Antes de un año
llegó al esqueleto, a los párpados.
El pelo innumerable fue tal vez la tarea más
difícil. Soñó un hombre
íntegro, un mancebo, pero éste no se
incorporaba ni hablaba ni podía abrir los
ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba
dormido.
De Jorge Luis
Borges
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